← Volver al diario
04·Ensayo·7 min de lectura

El cuerpo como casa

Habitar la propia piel: tres autoras sobre intimidad y autoconocimiento.

Hay una idea que se repite en las obras de Audre Lorde, Maggie Nelson y Brigitte Vasallo: el cuerpo no es un envase, es una casa. Y como toda casa, requiere ser habitada, cuidada y conocida desde adentro.

Lorde escribió que «lo erótico es una medida». Una manera de medir cuánto estamos vivos, cuánto sentimos, cuánto nos permitimos. Para ella, lo erótico no era solo sexual: era esa capacidad profunda de habitar el placer en todas sus formas. Cocinar, escribir, abrazar, bailar. Todo lo que nos devuelve al cuerpo es erótico.

Nelson, en «Los argonautas», habla del cuerpo como un territorio que cambia con nosotros. La maternidad, el deseo, la enfermedad, el tiempo: todos dejan huellas, y todas son parte de la casa. No hay que reformarla para ajustarse a otra mirada. Hay que habitarla tal como está.

Vasallo, desde el feminismo, nos recuerda que esa casa fue colonizada durante siglos. Nos enseñaron a verla desde afuera, a juzgarla con ojos ajenos, a esconderla. Recuperarla es un trabajo lento: requiere mirarse sin filtro, tocarse sin prisa, escucharse sin censura.

Habitar el cuerpo es una práctica diaria. Es ducharse con atención y notar la temperatura del agua. Es estirarse al despertar y registrar qué duele y qué se desperezó. Es masturbarse sin pensar en nada más que en una misma. Es decir que sí o que no desde adentro, no desde el deber.

Cuando el cuerpo se vuelve casa, la intimidad cambia. Deja de ser algo que damos a otros para ser algo que compartimos desde la abundancia de habitarnos. Y eso, dicen estas tres autoras, lo cambia todo.